LA GENERACIÓN DEL CD

“Volver al cd”, sería una frase casi impensada en el año 2017… Un vestigio del deseo oculto de algún melancólico de turno.
Los que lo que vivimos sabemos de qué hablamos, los que no… nunca lo van a saber.

Pase mi adolescencia escuchando cds, vagando sobre bateas de ofertas en la cuales más de una vez encontré algúno perdido que valía la pena ser rescatado, también rescate algunos que no la valían… pero ¿Había alguna otra forma de averiguarlo?… No.

Muchas tardes de sábados me las pase recorriendo los largo pasillos de “Musimundo”, de algún “Tower Records” o en el mejor de los casos en “Lucky Seven”, un pequeño local ubicado en la galería “Bond Street” (hoy devenido en casa de tatuajes).

PAUSA
Ese que está parado con su mochila, decidiendo si comprar un cd, mientras mira con detenimiento la tapa de “Frogstomp” soy yo.

Pasaba horas mirando cds, tapas que no contaban nada o que simplemente decían todo, repasaba casi de memoria las hileras por orden alfabético, tratando de que nada se escapara de mi memoria, atesorar aquellas cosas que no conocía con el afán de que algún día dejaran de ser desconocidas.
En ocasiones especiales, dentro de las grandes cadenas de música podías escuchar un disco entero a través de unos grandes auriculares conectados a lo que parecía una antigua cabina de teléfono que ponía a sonar aquel disco de turno, no podías elegir el disco a escuchar, si es que en eso estabas pensando, las “cabinas” tenían un solo disco, ese que se promocionaba y que venía acompañado de pequeños afiches colocados al azar en las paredes del local.

PAUSA
A veces ni siquiera había un disco que me interese escuchar, pero eso no era impedimento alguno para que esperara mi turno.

Los lugares para cds eran muchos, y tan variados entre sí como los discos que exponían. Desde un parque (Parque Rivadavia) donde una suerte de “manteros del rock” exhibían discos jamás vistos de bandas desconocidas, pero que siempre se unían en algún punto imaginario con la música que uno escuchaba, la recomendación era el hilo conductor que oficiaba de cupido entre un cd completamente extraño y uno.
Si te gustaban “Los Violadores” tenías que escuchar “Sex Pistols”, si te gustaba “Fun Péople” no podías perderte “Millencolin”, si te gustaba “Massacre Palestina”… te gustaba “Massacre Palestina”.
También estaban la pequeñas disquerías especializadas, generalmente ubicadas en algún pequeño local de alguna galería, cualquier galería, desde la “Bond Street” hasta aquellas que se encontraban frente a una plaza de barrio, vecina de negocios de ropa para mujeres, o alguna tienda de accesorios para chicas. Lo bueno de estas tiendas, era que las compras  venían acompañadas de recomendaciones y una breve escucha, nada de auriculares esta vez, la música sonaba en todo el local.

PAUSA
Ese que sale del local cabizbajo sin haber comprado nada soy yo.

Me pasaba tardes enteras dentro de estos locales escuchando de todo y sin comprar nada, cuando uno adquiría esa costumbre ya no te dejan “estar”.
Y el Disney de los fanáticos de los cds, las grandes cadenas de discos como “Musimundo” (cuando aun vendía cds y no electrodomésticos) o “Tower Records” que tenían pisos enteros de discos, infinidad de pasillos con cds que recorrían todo el alfabeto, paredes llenas de afiches con los últimos lanzamientos, “Tower” tenía 2 pisos… “si, leíste bien, 2 pisos de cds”, una escalera mecánica que los conectaba, un lugar en donde podía convivir “Rod Steweart” con “Porno For Pyros”, o Dj Dero (nuestro David Gueta) con “Nirvana”.
De fondo sonaba música, ninguna radio… simplemente música, que provenía de alguno de aquellos tantos cds que embellecían el lugar.

Comprar un disco era quizá como una doble sorpresa, no solo por lo estrictamente musical, sino por el contenido gráfico del mismo, “el librito” (como lo solíamos llamar…) fotos, letras, paisajes, todo y nada podía encontrarse… eso siempre era una sorpresa.
El placer absurdo de romper el film que lo envolvía, ese empaque transparente que más de uno hubiese agradecido que venga con un “abrefácil”, pero que de cualquier manera terminaba por ser arrancado, con los dientes (en el caso de los impacientes).

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Ese que está sentado en el comedor de la casa sus padres pasando el cd debut de “Foo Fighters” por el borde de la mesa soy yo. Esa era la forma en la que los expertos abríamos los discos.

Los primeros cds venían en una caja de plástico que contenía “el librito”, simples, iguales, lindos. Más adelante y de manera excepcional también vendrían de cartón, con relieves que formaban parte del arte, esa unificación que no solo era lo sonoro, sino también lo visual, el tacto… el olor a cd nuevo.
En un mundo donde el avance musical lleva al minimalismo, y donde la muerte de la música de manera física ya es un hecho, queda poco espacio para aquello que nada tiene que ver con el sonido.
Ya no hay tiempo para escuchar discos, ahora se bajan temas, los cds tampoco serán coleccionables como los vinilos, y seguro que su existencia se reducirá para ser utilizada como expresión cuando se hable de una de las formas más viejas en las cual alguna vez llego la música a nosotros. Sin embargo me quedo con todo lo demás, eso que no puedo disfrutar con el oído, aunque ocupen un espacio que no se puede dimensionar en gigas sino en centímetros.

Receta final en 3 pasos para el completo disfrute de la escucha de un cd

1- Estar solo (por lo menos en la primer escucha).
2 – Usar auriculares.
3- Escucharlo mientras lees “el librito”. 

El primer cd que llego a mis manos fue “Vasos Vacíos” de “Los Fabulosos Cadillacs” mi hermana había comprado un equipo aiwa con una bandeja giratoria para 3 cds, un artefacto casi futurista para el momento que hoy podría ser denominado como “vintage”.
Aquel primer disco más tarde compartiría la bandeja del equipo con “Big Yuyo” de “Los Pericos”, “Un baion para el Ojo Idiota” de “Los Redonditos de Ricota” o algún que otro compilado de alguna radio que a través de su tapa, invitaba a disfrutar del verano.

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Ese que está en su habitación con sus amigos de la secundaria, usando el equipo de música de su hermana para escuchar “Tiny music songs from the vatican gift shop” de STP soy yo.

La gente se juntaba a escuchar cds, el afortunado dueño debía estar dispuesto a compartir el mismo con sus más allegados, era una obligación tacita, en la cual el disfrute dejaba de ser personal. No era solamente escucharlo, uno tenía que estar dispuesto a que los presentes recorran una y otra vez “el librito”, de adelante hacia atrás, de atrás hacia adelante, de mil maneras distintas, en una ronda de manos que parecía nunca tener fin.
Debatíamos sobre cuál era el mejor tema, lo escuchábamos más de una vez, nos pasábamos horas escuchando el mismo disco, la noche terminaba y el sorteo por ver quién se llevaba prestado el nuevo cd recién comenzaba. El préstamo incluía no solo la responsabilidad de devolverlo en las mismas condiciones que fue prestado, sino que además se debía cumplir con el tiempo estipulado del préstamo, generalmente no eran más de 2 semanas, una vez devuelto al dueño original, era prestado nuevamente, y así hasta completar la ronda.
Uno de mis primeros cds fue “Anesthesia” de Fun People, lo compre en un show que dieron en Cemento, a no más de $10.

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Ese que está revolviendo bateas en el Musimundo de la galería de la estación de tren de Villa del Parque soy yo.

“Ruido del Mundo” de Vetamadre, a solo $0.99, nunca había escuchado hablar de la banda, pero el precio valía la curiosidad (tiempo después terminó convirtiéndose en un disco clásico de la banda). Otra oferta irrechazable fue “Auswärtsspiel” de Die Toten Hosen, $10 con la entrada al show, presentación de disco en el Teatro de Flores, tremendo show, increíble, potente, alucinante… pero esa es otra historia.
Podría nombrar muchísimos cds que cambiaron mi vida, mi historia, quien soy o quien fui, pero no quiero aburrirlos, simplemente quería dejarles la receta de los 3 pasos para el completo disfrute de la escucha de un cd.

Artículo escrito por Diego Salazar para www.delaviejaescuela.com

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