LA CAVERNA: “Iluminar la oscuridad desde la música”

Esta crónica va a tener un desarrollo diferente. Porque para que se comprenda el impacto que tuvo el recital, tienen que saber cómo conocí a La Caverna. Una amiga, de esas que te hacen la gamba en todo, me los presentó en un momento clave de mi vida: me había separado. Yo no sé si las emociones de esa época tuvieron algo que ver, pero como en cada canción uno encuentra un recuerdo, ellos se convirtieron en un detonante para muchas sensaciones cada vez que los escucho. Alta carga de responsabilidad les tiré a los pibes ¿no?

LOS PRIMEROS, LOS VALIENTES

Con todo ese cúmulo de expectativas encaré la madrugada en que Refugio Guernica recibiría a estos chicos de La Plata, para presentar, entre otras cosas, su último trabajo: Posguerra. Y de eso hablan sus letras: de sobrevivir a la oscuridad del desamor, la injusticia, la violencia, el miedo. En definitiva, de aprender a avivar la llamarada cuando está a punto de apagarse.
Santa Esquina abrió la noche con sus temas más clásicos. Hay que reconocer que como siempre digo, abrir un show no es tan fácil, se necesita de mucho coraje, para enfrentarte a lo desconocido, y mucha serenidad, para poder afrontar lo que no te imaginás. Ellos supieron hacerlo provocando la necesidad de querer más.

LARGUEMOS NOMÁS…

El público en esta ocasión fue más especial de lo que habitualmente se ve. No era una multitud de esas que falta el aire a los veinte minutos de comenzar el show porque no entra ni un alfiler de la cantidad de gente. Pero como dice la frase: ‘menos es más’. Todos los que estaban esperando a La Caverna los conocían, los sentían, los seguían, eran parte de la historia de este grupo. Y eso merece un reconocimiento extra porque para establecer semejante conexión tiene que haber colaboración de ambas partes: de los fanáticos por un lado, y de la banda, por el otro.
A la 01.30 am se prendieron las luces azules, y aparecieron uno a uno los que venían a regalarnos rock con aires de ‘hogar’. ¿Con aires de ‘hogar’? Si. No están leyendo mal. Diego Fauci, el cantante, dio el puntapié para sentirnos como en casa, saludándonos con una sencillez como cuando le decís hola al vecino que vive al lado. La ansiedad de la espera desapareció y el ambiente se relajó al son de las primeras canciones de una presentación que duraría casi dos horas.

CANTEMOS SIN PARAR

La noche tuvo dos momentos, con un impasse de cinco minutos. La primera parte estuvo encabezada por ‘Que me mate el rock’, ‘Hombre de humo’, ‘Vales de besos retornables’ (momento épico) y ‘Culpables de no morir’. Lo lindo de esta primera hora fue la sensación de calidez que se había generado. No sólo había seguidores, sino familias, particularmente un padre con su hija que representaban un típico ejemplo de ternura.
Continuaron con ‘Cinco horas’, ‘Milagro de otoño’, ‘Un nuevo motor’, ‘Resolana’, ‘Bicho de pasto’, ‘La canción que precisaba’, cerrando con ‘La odisea de Ulises’. Por supuesto que no faltaron los gritos desesperados de las chicas, pidiendo la paternidad de Diego o de Facundo, quien hace la magia con el teclado.
Luego de unos minutos de ausencia, volvieron más enérgicos que antes haciendo ‘Por la vida’, ‘El incendio’, ‘Cielo opaco’, ‘De a poquito, ‘Nacer para vivir’, entre otros temas. Con ‘Los negadores’ concluían una velada íntima superadora de mis expectativas, porque fuimos los justos y necesarios para crear un buen instante, de esos que no se borran nunca más.

NO SE VAYAN

Nadie quería que dejaran de tocar. Creo que eso fue un mimo para La Caverna, algo que decidieron retribuir: Juano Falcone, baterista de la banda, se acercó a los chicos que quedaron esperando un apretón de manos. Bajó del escenario y desde una pasarela habilitada para los fotógrafos que van a cubrir los eventos de Guernica, abrazó a cada uno de los que estaban ahí. No fueron abrazos cualquiera, fueron de esos que cerrás los ojos, apretás fuerte al otro, y le agregás unas palmadas que encierran un ‘gracias’.
Gracias a ustedes La Caverna. Supieron tener los tres ingredientes que se necesitan para la receta exacta en un recital de rock: confianza en su talento, humildad con el público, y pasión por lo que hacen. Todo conduce a la creación de lazos que nacen de la música y se instalan en el corazón… Pero lo más importante es que nunca mueren, de hecho, iluminan la oscuridad desde la música.

Crónica por Florencia Lanter y Fotografías por Ana Avanza para www.delaviejaescuela.com

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